Prisión y vacío, sonrisas desde el infierno...
Hoy he llegado a las once de la mañana al módulo polivalente donde conviven los internos con los que trabajo todos los lunes desde hace poco más de un par de meses, en el centro penitenciario de Estremeras. Allí ofrezco un taller de teatro y crecimiento llamado "El espejo del jilguero". Mi propuesta y mi deseo es acercar las lumbres del teatro para que como grupo puedan conocerse y ayudarse en sus circunstancias diarias de manera más compasiva y solidaria los unos con los otros. De ahí el espejo del jilguero, los pájaros cuando están encerrados en jaulas a veces se les pone un espejo para engañarles, algunos no soportando la soledad picotean sus plumas y se hacen daño. Puede ser que los pájaros intuyan que la soledad es difícil de sobrellevar entre barrotes. Por eso aprovechar la fuerza del grupo como apoyo y sostén puede ayudar a convivir en según que desiertos y páramos. No pretendo salvar a nadie de ningún destino. Sólo pretendo estar junto a ellos con lo que soy y amo y desde ahí caminar juntos hacia la compasión y el crecimiento en común. Qué mejor lugar que el teatro para ello, que no juzga, que puede estar en cualquier lugar desde el que se le invoque y que nos devuelve siempre una mirada amorosa y compasiva hacia lo más recóndito, incomprensible y misterioso que nos habita como seres humanos.
Utilizaré nombres inventados para salvaguardar la intimidad de las personas con las que tengo la suerte de trabajar. Hoy Carlos fumaba tranquilo en el patio, al sol. Compartía con alegría que por fin estaba trabajando dentro del propio módulo y eso le hacia estar centrado y ocupado en algo en concreto que le ayudaba a permanecer con más calma y sosiego en el día a día. Hoy no he podido realizar con ellos el taller, porque les tocaba rugby a la misma hora, sin embargo me apetecía estar junto a ellos y conocerles más desde la convivencia. Ha sido un regalo poder verles jugar. Las cárceles son lugares sombríos y fríos. Solitarios y sobrios. A veces me recuerdan a los monasterios. Donde también hay celdas y todo invita constantemente a estar con uno mismo a solas y en silencio, en pura contemplación, conviviendo con el vacío existencial que nos habita, con más o menos conciencia. Es curioso. Ellos muchas veces viven con gran pesar su condena, su pena entre rutina de patios y comida precalentada en carritos de acero frío y chirriante. A veces están tan presos de su propio sufrimiento y circunstancias que no les apetece acercarse a experimentar algo nuevo desde el espacio que ofrezco. Y se sientan taciturnos y pesados con la mirada espesa y el corazón bramando mirando al techo y maldiciendo otro día más allí dentro. El vacío entre rejas se hace insoportable. Trabajo en el modulo polivalente dos, allí hay internos que presentan discapacidad intelectual. Personas que son demasiado vulnerables para estar en un módulo normal y sin embargo son demasiado peligrosas como para estar en la calle, en un centro de discapacidad al uso (o eso se supone).
La primera vez que entré al módulo tuve miedo, me encontré con personas más cerca de la locura (eso creía yo) que de la propia discapacidad, sus miradas estaban endurecidas, vacías unas y desbocadas otras. Su discapacidad permanecía escondida por los rigores de la supervivencia en la calle y en la cárcel, donde el más débil es comido. Al llegar, el que parecía ser el líder se acercó a mí y me dijo que si era consciente de donde estaba, yo le dije que sí, que había estado trabajando algún tiempo en otras cárceles, él me largó el curriculum de todas las prisiones que había visitado y me describió algunas agresiones de las que se sentía especialmente orgulloso mostrando ante mi sus uñas, y yo, las respeté. Aproveché su acercamiento "espontáneo y generoso" para pedirle ayuda con el grupo, ya que estaban muy dispersos y poco participativos, él les conocía bien y como buen líder de su tribu, les condujo hacia el taller y me ayudó a que siguiéramos adelante con las dinámicas. Siempre le estaré muy agradecido.
Tras un par de sesiones, a algunos de ellos no les gustaba la propuesta, otros directamente ni entraban, otros decían que lo que yo les llevaba eran juegos de críos sin interés. Vaya, aquello me dolió. Mis ideales bajaron a tierra rápidamente. Yo siempre pensé que el teatro era la luz del mundo, que era un espacio sagrado para crecer y comprendernos los unos a los otros y bla, bla, bla. Aunque para mí el teatro representa todo eso y más, para el otro no tiene porque ser así, entonces, ¿qué les iba yo a enseñar a estas personas que no presentan el interés en el teatro que yo esperaba? y sobre todo y lo más importante, tampoco tenían porque presentarlo. ¿Para qué estaba yo allí entonces? ¿Para qué estoy?.
Las últimas sesiones han sido especialmente significativas, una de ellas fue en nochevieja. Y ahí entendí mucho de lo que significa estar en prisión como ser humano. Hay pocas cosas más tristes que una prisión en navidad. Lo ausente se hace presente con crudeza y descaro y estar allí dentro cuesta bastante más que en el día cotidiano. Decidí no hacer taller ese día. Decidí estar con ellos y acompañarles. Y resultó. Yo estaba más cerca de ellos y de su realidad más concreta e inmediata, y ellos se acercaron a mí y me invitaron a vivirla, compartimos la mañana, se abrieron, me contaron sus penas y tristezas, sus esperanzas y anhelos y jugamos al parchís en silencio. Curiosamente hoy, que no he podido tampoco realizar el taller porque tenían otra actividad, he podido convivir otro día con ellos. Conocerles más y estar a su lado sin propósito, sin ningún plan. Les he acompañado a jugar al rugby, algunos no han querido participar en el partido y yo he aprovechado para sentarme a su lado, sin hacer nada, tan sólo estar a su lado. Luis, uno de los más distantes estaba apoyado en la pared escuchando su radio, yo estaba junto él. Le pregunté, el rehuyó y se quejó de estar preso. Se hizo el silencio. Él me preguntó, que qué tal las fiestas, yo le dije que había estado medio malo y que tampoco era para tanto. Le pregunté que que tal estaba más allá de estar preso y el malestar cotidiano. Él me contó que estaba enfadado porque no le daban permisos y ya le quedaban nueve meses para salir, le dije que comprendía su enfado y le pregunté que si había hecho algo al respecto con lo que necesitaba, él me dijo que sí, que estaba impaciente porque no sabía si le iban a dar permisos o no. Le tenían que decir después de la junta. Mientras hablaba con él, su hermano que también estaba en el módulo estaba empujando y humillando a uno de los internos que tienen más discapacidad, riéndose visiblemente de él. Yo me enfadé, y tuve el impulso de intervenir, pero me paré y observé la respuesta de Pedro, el interno con discapacidad, realmente sabía enfadarse con él y poner límites. Pedro es muy sensible. Es uno de los internos que presenta una discapacidad más visible y evidente, tímido, rehuye el contacto, con gafas, bajito, mira siempre hacia el suelo como un ratoncillo asustado. Pedro además de miedoso es muy empático, tiene curiosidad por conocerme y me pregunta sobre mi vida y mi forma de vivir fuera con mucho interés. Él me habla de como viven el día a día, dice que las pilas para la radio al menos son baratas, porque la radio y otros "caprichos" son demasiado caros en comparación con lo que cuestan ahí fuera. Que diferente es Pedro a Gonzalo. Gonzalo es otro de los que maneja el cotarro. Tiene los labios hinchados y un moratón en el ojo. Parece un tigre. Es fuerte, de mirada penetrante y piel oscura. Estaba de permiso y le fueron a robar cinco chavales, éstos salieron mal parados. Dieron con el tipo equivocado y Gonzalo se defendió con creces. Tiene algo de tigre. Sí.
Contemplo como juegan al sol y los grandes muros grises se mezclan con el azul del cielo sin nubes, amplio, inmenso y eterno. Ellos juegan entre voces, como niños, saltan, ríen y corren. Al terminar se abrazan y hacen bromas y por un momento les veo sonreír en mitad del infierno. Me conmuevo y siento que el ser humano es verdaderamente asombroso. Y una chispa de gracia inunda el patio de puro presente. El ser humano es extraño y la compasión espera en los lugares más insospechados. Y sin embargo es tan...fugaz.
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